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06 julio 2011

REFORMAS
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El primitivo cementerio de la ciudad, dividido en partes iguales correspondientes a las parroquias que componen la población y aplicando cada una el exclusivo enterramiento de sus feligreses, sufre en la década de los 30 del siglo XIX una reforma importante. Aumenta su capacidad con un nuevo cuerpo (primer departamento) que ocultó el cerramiento original de mampostería del camposanto, teniéndose que desmontar la monumental portada de sillería, diseñada a modo de arco de triunfo por Domínguez y Romay.
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En 1833 por orden de la alcaldía y el arquitecto Alejo Andrade Yañez, la clasicista entrada fue trasladada al emplazamiento actual de la fachada, disponiendo Andrade en el eje del rectángulo, formado como consecuencia del ensanchamiento por el Oeste de la necrópolis, una pequeña capilla (1834). La capilla se costeó con un legado de Fernando Queipo de Llano y el nuevo recinto mortuorio con dineros de la hacienda local.

13 noviembre 2009

CEMENTERIO BRITANICO
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En 1834, el arquitecto y académico Alejo Andrade Yañez construyó la capilla del cementerio de San Amaro, gracias al legado concedido por Fernando Queipo de Llano, cerrándose así una etapa de las obras del camposanto católico, inaugurado en 1813 en cumplimiento de una Real Orden de Carlos IV, de 26 de abril de 1804.
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Terminada esta obra, y a iniciativa del cónsul británico en la ciudad, Juan Crispín, había de iniciar el Ayuntamiento, en agosto de 1836, el oportuno expediente para construir un cementerio para súbditos ingleses, empresa que habría de fraguar finalmente en 1867. Apoyaba su petición el representante diplomático en la Real Orden de 13 de noviembre de 1831 del rey Fernando VII, que autorizaba la creación de cementerios protestantes en ciudades y pueblos de la nación donde existieran comunidades inglesas importantes, sin más reservas y formalidades que las siguientes: "Que las construcciones se cerrasen con tapiales, sin iglesias, ni capillas, ni otras señales de templos, ni culto público ni privado, y con sujeción a la voluntad de las autoridades locales, a las que se deberá de informar y hacer las prevenciones oportunas".
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La muerte del oficial de fragata inglés B. Endymion, en julio de 1836, que había obligado a improvisar pobre e indecoroso enterramiento al aire libre en terreno próximo al cementerio, permitió a Juan Crispín obtener sin dificultad autorización del capitán general de Galicia para edificar un camposanto protestante en el mismo lugar en que yacía el malogrado militar.
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En febrero de 1838 se procedió a definir un cuadrado de 36 varas castellanas de lado, que tenía como centro la tumba del oficial inglés, para que sirviese en un futuro, convenientemente cerrado y aislado, de necrópolis protestante. En mayo de 1867 el arquitecto Ciórraga firmó los planos del cementerio británico de la ciudad, inaugurándose en la primavera de 1868.

15 julio 2009

SAN AMARO
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Aunque los primeros proyectos de cementerios municipales vieron la luz a finales del siglo XVIII, bajo el gobierno de Carlos III, la difusión masiva de la política higienística ilustrada es algo más tardía, y está inseparablemente unida a los reinados de Carlos IV y Fernando VII.
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La Real Orden de 3 de abril de 1878 de Carlos III, obligando a realizar los enterramientos de cadáveres en camposantos suficientemente ventilados fuera de las ciudades, no tuvo desgraciadamente gran fortuna, no llegando a modificar de forma importante los tradicionales hábitos de los españoles.
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Mayor transcendencia histórica tendrá la Real Orden de 26 de abril de 1804 redactada por Mariano Luis de Urquijo, reinando Carlos IV, para el futuro de la arquitectura funeraria del país. Imponía ésta la construcción de cementerios en todo el Reino, y ordenaba la vigilancia y cumplimiento del acuerdo en los distintos obispados, a individuos nombrados por el Consejo de Ministros.
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No tardó en conocerse en provincias la disposición, iniciándose con mayor o menor celeridad según las ciudades, los trámites necesarios para la construcción de cementerios municipales. El 22 de mayo de 1805, el capitán general del Reino de Galicia, Pedro de Ceballos, envió una comunicación al Ayuntamiento coruñés recordando a los munícipes la obligación que tenían de ejecutar la Real Orden de abril de 1804.
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Cumpliendo con lo ordenado, organizó el Consistorio un pequeño camposanto municipal, en terrenos propiedad de los conventos de San Francisco y Santo Domingo, debajo de la Real Maestranza de Artillería, espacio que en 1812 era ya claramente insuficiente para atender las necesidades coruñesas. El problema trató de solucionarse en sesión de 22 de abril de 1812, con el acuerdo de construir un amplio y ventilado cementerio en terrenos fuera de la ciudad. El verano de 1812 conoció los primeros trabajos de excavaciones, terminándose felizmente el camposanto coruñés de San Amaro en 1813. Fue autor del proyecto el arquitecto Fernando Domínguez y Romay.